Fernando Sarría

La poesía es un arma que se dispara sola como el amor de un loco

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domingo, 25 de junio de 2017

Hurgar en lo perenne bajo el manto de la noche






Hurgar en lo perenne bajo el manto de la noche.
Derribarnos con el silbido del fuego,
callar y sentir como cae lo azul de la barbarie.

Levanto mi copa, bebo el vino oscuro,
un ritual de siembra y de silencio,
algo de este quehacer inunda mi cuerpo
mientras soy hijo del laberinto.

Hay ciertas melodías que crecen en mi corazón,
la soledad se hace raíz con su sombra de pétalos,
me relamo los labios con la miel de la tristeza
en su feudo de voces y de viento.

Vuelvo a mí...solo soy la marea que inunda las playas,
el que contempla y escucha lejanos rezos
en la oscuridad de las laúdes.



f.



Lo sabemos bien










Lo sabemos bien,
aunque no pronunciemos las sílabas que duelen
caemos en el otro como solo se cae en el abismo.

Este vértigo tiene algo de insondable e inesperado,
tiene un sabor a moras y a vainilla,
pero también deja un sudor frío
de pasos de noche y humedad de lluvia.

No hay ventanas que nos abran el mañana.
Estas paredes donde nos dibujamos
tienen las sombras de tu cuerpo y del mío,
porque sabemos que el lugar de la lumbre
siempre empieza y acaba en el otro...

Sin embargo, también nos agota la rueda de las estaciones,
los largos amaneceres del insomnio,
la llegada de la noche
con su albedrío y su braille de yemas y de labios.

No voy a beber este veneno,
ni deshacer estos nudos que nos atan...
pasa el tiempo, quizás sea mañana
un buen día para consumirnos,
o solo sea de nuevo un buen momento
de hacer de la contemplación del otro un río de murmullos.




f.




Dejo mis huellas en el silencio










Dejo mis huellas en el silencio,
a veces son las alas de un pájaro en el aire,
otras los pasos húmedos y nocturnos del invierno.

Hay dulzura en mi boca cuando callo.
Renuevo mis sílabas con el alumbre del amanecer,
de dos en dos nombran el misterio,
solo entonces percibo un dolor intenso
y siento mi humanidad entregada a la carcoma...
tan mortal, tan cercana a ti y a la muerte.

Sé que la ciudad cabe en mis manos,
sus suburbios donde el neón apenas titila en la oscuridad.
Bajo mis sábanas blancas con grecas azules
guardo la arena de las playas,
la caída de los ángeles, los naufragios,
la virtud de seguir siendo la raíz de un cedro antiguo, milenario.




f.




Simple como mis manos en su espalda










(...)Vuelvo de un continente a medias ciego
donde también estabas tú pero eras otra,(...)

J. Cortázar




Simple como mis manos en su espalda
aunque en mis letras tenga recuerdos de azabache.
Sencilla, pero mi boca le nombró en los muelles del atardecer
y creí en ella como un perro lo hace con su dueño,
ciego y penitente, siendo entonces su cuerpo mi tierra y mi mundo.
París, Nueva York, Buenos Aires o Istambul...
¿qué más da en que lugar tenga su cama?
perdí su rastro un amanecer
cuando el otoño tenía demasiada lluvia
y el silencio poseía la convicción de las tormentas
y le era demasiado aburrido esperarme en las noches.



f.




Volver a ser el mercurio dentro de tu pecho










Volver a ser el mercurio dentro de tu pecho.
La hogaza de pan recién hecha
donde meter los dedos e inundarse
con la crecida masa de lumbre y levadura.
Entonces sí que fuimos la respuesta que nadie conocía,
unos gramos de viento, un puñado de sal,
la luz encendida en mitad de las noches.




f.




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